Tiempo tiene que no escribo nada, ni por aquí, ni por allá. Las ocupaciones me atacan, me comen, se comen mi tiempo y mi energía, mi bendita energía. Quisiera pensar que no es nada, que es parte de la vida, de las cosas por hacer, que no forma parte de la peri eso que nadie nombra y que hoy decido también no hacerlo.
Hace algunos años, cinco para ser exactos, tuve un cumpleaños distinto, el primero de muchos, de todos, donde lo dediqué a mí parcialmente, porque al día siguiente debía despertar realmente temprano para llevar al padre a una cita médica. Sí, el primero que no dediqué enteramente a mí. Poco después fue la última rosca de reyes que hice con mi mamá, la gata Isis murió, después mi mamá y luego el vacío, ese vacío insondable que jamás se llena, que te carcome lentamente y te lleva a él, porque de él eres.
Me quedé con la responsabilidad de otra vida a cuestas, con la vida y los planes medio cortados, con obstáculos y facilidades, todos al mismo tiempo. Me quedé sin ganas de nada, con ganas de dormir, con ganas de hacer todo y absolutamente nada. ¿Qué fue de mí? ¿Soy esa que fui? Lo dudo. Ahora soy la persona siempre triste que da ánimos a las desconocidas, la que sonríe y odia que no le repliquen la cortesía, porque sí, yo soy demasiado, soy muy grande (y luego muy pequeña). A veces soy Una, a veces Nadie. Las más de las veces soy La Gran Nada.
Ahora soy muy distinta a como era antes.
Antes me importaban otras cosas, como el placer absoluto, el sexo desenfrenado, la osadía de ser alguien auténtico y relevante. Brillar por sobre todos y todo sin importar más nadie, jamás, sólo yo. Esa sensación maravillosa de ser el auténtico centro del mundo, donde todo me rodeaba, donde sólo yo importaba, y después… después no fui nada, un pedazo de lo que era, la realidad aplastante, avasalladora de sólo ser un elemento más en esta comedia, en este drama, en este sinsentido, sinsabor de elementos fortuitos que todos vamos armando para darnos la noción de una narrativa universal que en realidad no es más que el caos absurdo de las cosas.
Ojalá simplemente fuera yo ese caos, ojalá moviera yo mundo, me los comiera, los devorara como siempre había pretendido y los desechara enérgicamente, cual si fueran lo que en verdad somos todos, porque todos los días en las calles de este sitio miro de lo que estamos hechos, de basura, pura basura, no somos más que eso, algo que no se reutiliza, ni se recicla, algo que fácilmente es posible desechar, pero que sí estorba a otros, que apesta, que contamina. Ojalá fuéramos el caos bendito que se lleva todo al foso, el caos revitalizador, el que renueva los mundos. Pero no, somos el estorbo de los mundos.
Ahora me importan otras cosas, veo cómo se desmorona el mundo, cómo pierde fuerza y belleza, cómo éstas son arrebatadas con pretextos sombríos y egoístas. ¿Cuándo dejarán de existir los egoístas? Ojalá yo fuera ese caos que se lleva todo, que lo tumba, que deja desnudos a todos y con la única oportunidad de empezar desde cero, ese mar de almas que serán recicladas para, quizás, volver a hacer lo mismo que hemos estado haciendo por siglos…
Pero este escrito era con el pretexto de mi cumpleaños, con el pretexto de que debo reflexionar sobre mí misma, sobre mi paz, mi entorno, donde debo sentirme cómoda, contenta, alegre, y donde debo regalarme algo, además del momento único conmigo misma, con Una…Nadie…o La Gran Nada.
Sé que soy Toda, porque es lo único que hay de mí. Sé que escribo prodigiosamente. Sé que canto bastante bien. Sé que tengo un gusto impecable. Sé tanto de mí, como sé que no parece suficiente para devorarlo todo, regurgitarlo y dejarlo todo como nuevo. Sé que soy Toda; sin embargo mis energías diariamente son mermadas y tengo poca fortaleza mental para sobreponerme y seguir fluyendo con la Gran Nada, la energía que fluye en mí y que me salvará del vacío eterno de la pérdida.
Feliz Cumpleaños, Evabé…






















